Escribe Raúl Fain Binda
Desde el punto de vista chino, los juegos olímpicos de 2008 en Pekín son ineluctables y perfectos,
como la armonía del cosmos.
El año 2008 marcará la culminación de una antigua ofensiva para que todos reconozcan lo que los chinos
creen desde el principio: que su posición en el centro del mundo es el orden natural de las cosas.
Los chinos de hoy son muy parecidos a los de hace muchísimos años, nos dicen los sinólogos. A esta
afirmación se le puede reprochar su trivialidad: justamente por eso son chinos; con los ingleses o los alemanes ocurre lo
mismo.

Tzu Hsi se interesó por los "trucos occidentales".
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Los sinólogos replican que sí, cómo no, pero que los chinos son más parecidos a
sí mismos que todos los "bárbaros" del mundo, y que en las tácticas del actual gobierno para obtener los Juegos se pueden
advertir las maniobras de numerosos gobiernos anteriores para enfrentar, comprender y asimilar (la forma más china de triunfo)
a las potencias extranjeras que osaban desafiar al imperio.
Los "demonios extranjeros" más difíciles de tratar resultaron ser las potencias occidentales que en
el siglo XIX humillaron al Reino o País Central (Chung-kuo, el nombre tradicional de China). La emperatriz viuda Tzu Hsi despachó
entonces emisarios con la misión de informar sobre las razones de la superioridad militar y capacidad de organización de Inglaterra
y Francia.
En un célebre despacho, el embajador chino en Londres aconsejó la introducción del fútbol, una novedosa
actividad física peculiar de los ingleses, "con una bola de cuero", muy útil por sus evidentes connotaciones militares y consolidación
del espíritu colectivo.
Este consejo fue desempolvado muchos años después y ampliado hasta abarcar todos los deportes occidentales.
La adjudicación de las olimpíadas de 2008 significa el éxito final de aquella campaña de esclarecimiento iniciada por la formidable
Tzu Hsi (la mujer más cruel de la historia, según nos dicen).
En términos históricos, cada emperador, cada mandamás chino se ha propuesto un objetivo para marcar
su época. Y así como Tzu Hsi quiso incorporar los trucos occidentales, Mao Tse Tung hizo la revolución, Deng Xiaoping renovó
la economía y recuperó Hong Kong, y ahora Jiang Zemin consigue los Juegos Olímpicos.
Tras el oro

Los delegados chinos concretaron una vieja ambición.
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Que a nadie le quepa ninguna duda: China obtendrá en esos juegos más medallas que
cualquier otro país. Hasta es posible que su ventaja sobre Estados Unidos y Rusia sea abrumadora.
¿Esto les parece disparatado? No, para nada. En los juegos de Sydney, por ejemplo, China se ubicó en
tercer lugar, con 59 medallas, no muchas menos que Estados Unidos (97) y Rusia (88).
Debemos tener en cuenta que China participó en esos juegos con una mano atada a la espalda: en la práctica
renunció a la preparación de sus atletas en numerosas disciplinas de atletismo y natación, debido a las acusaciones de dopaje
institucional.
El resto del mundo no había atribuido a otra cosa la abrumadora superioridad de fondistas y nadadores
chinos en los mundiales de 1993 y 1995: acapararon entonces, con marcas asombrosas hasta el ridículo, los tres o cuatro primeros
lugares en varias especialidades en las que su país no tenía una tradición digna de ser mencionada.
En la Olimpíadas fue diferente. Aparte de Liping Wang, ganadora de la marcha de 20km, ningún otro fondista,
velocista o nadador chino ganó en Sydney 2000 una sola medalla.

El Comité Olímpico Internacional se reúne en un hotel de Moscú.
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China obtuvo el resto de sus galardones en badminton, ciclismo, zambullida, esgrima,
gimnasia, yudo, fusil, ping-pong, taekwondo, lucha y pesas.
Este tránsito en un par de años, de un dominio abrumador en las disciplinas de fondo (femenino) y natación,
a una sequía casi total de medallas, sugiere el abandono de un programa global de preparación de los atletas.
Es lógico suponer que en estos siete años que restan hasta los juegos de Pekín, los entrenadores chinos
encontrarán la fórmula para preparar a sus campeones sin que tropiecen con los hombres del frasquito a las puertas de los
urinales.
Una cuestión de táctica
China ha utilizado en las últimas dos décadas diversas tácticas para obtener su objetivo olímpico.
La primera, en 1984, consistió en hacer sentir su condición de gran potencia: sin su participación,
la primera en la historia olímpica, los juegos de Los Angeles hubiesen sido un fracaso, debido al boicot del bloque soviético.
Luego adoptó parcialmente y con resultados desastrosos el enfoque "pragmático" de Alemania Oriental,
el mismo que echó por la borda antes de Sydney 2000. (Muchos observadores occidentales creen que todavía no ha sido totalmente
expurgado.)
Y finalmente, hace algunos meses, proclamó a los cuatro vientos que los Juegos Olímpicos eran la máxima
prioridad de la política exterior del gobierno. Para un buen entendedor, esto significaba la posibilidad de represalias comerciales
contra países incapaces de ver los méritos de la presentación china.
No hay ninguna evidencia que confirme los insistentes rumores de que China habría prometido financiar
proyectos de infraestructura a cambio de votos en el Comité Olímpico Internacional.
De haberla, sería una nueva manifestación del genio chino para asimilar y dominar a los extranjeros:
Sun Tzu, en su célebre "El Arte de la Guerra", aconseja conocer y adoptar las tácticas del adversario: "si te conoces a ti
mismo y también a tu enemigo, serás invencible".